Los «cabos sueltos» de la «plata yvyguy» en Capiatá

[pullquote align=»left|center|right» textalign=»left|center|right» width=»30%»]»Ahora vamos por Luque»[/pullquote]
Fuentes provenientes de la Municipalidad de Luque y ante las informaciones de que supuestamente buscadores del tesoro («plata yvyguy rekaha»), que habría pertenecido a la Madame Lynch, tendrían planeado venir a explorar el valle de luqueño. La Intendencia lanzó un comunicado de prensa aclarando; «…no h

aber recibido ningún documento que pudiera avalar dicha búsqueda». Manifestaron, que no cuentan con las informaciones, más de lo que se publica en los medios de comunicación. La excavación se realizaría dentro del dominio del ferrocarril y no en un espacio público municipal.

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Nos es imposible comenzar esta historia sin nombrar a los Comuneros. La célebre revolución de los Comuneros, —ver lectura adicional— inspirada en el elevado ideal democrático, que fuera reprimida sangrientamente, ha demostrado cuan cierto es aquello de que «se pueden inmolar cruelmente las vidas humanas, como José de Antequera y Castro y Fernando Monpox, dos brillantes caudillos, pero no las ideas, que renacen y transmigran de generación en generación, y en tenaz metempsicosis, hasta hacerse cuerpo sin que puedan aniquilarlas los errores ni las tiranías» decía José Manuel Estrada, citado por Viriato Díaz Pérez (*).

José de Antequera y Castro (1689—1731), funcionario colonial español de origen centroamericano, instigador de la revuelta de los comuneros en Paraguay. El apoyo del monarca a los privilegios de las misiones jesuíticas, en detrimento de los intereses de los miembros de la sociedad colonial de Paraguay, dio origen a varios levantamientos armados de estos grupos que se sentían marginados, y que acabaron con su derrota y la condena a muerte de sus cabecillas, entre los que destacaron de forma especial José de Antequera y Castro y Fernando de Mompox.

¿Cuáles eran los objetivos de las Reducciones Jesuítas? (*)

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Uno de los tantos temas que atraen a muchos historiadores lo han interpretado en pro y en contra de los Jesuítas. Quizá la interpretación no sea creíble ni tal vez objetiva. Pero lo que sigue será la interpretación de sabios (historiadores y expertos en las ciencias sociales) que no son ni Jesuítas ni católicos. Quizás este resumen no sea tampoco ni objetivo ni creíble. Sin embargo (no tenemos espacio para un análisis completo), puede ser al menos recibido como imparcial).

El 24 de mayo de 1768, el Gobernador de Buenos Aires, Francisco de Bucareli, salió de !a capital con un ejército de 1.500 soldados.

Su destino era La Candelaria, capital de las Reducciones. Tenía en sus manos la orden de Carlos III, Rey de España, mandando la expulsión de los Jesuítas de todo el imperio español, incluidas las Reducciones. Iba con este ejército porque esperaba alguna resistencia de parte de los Jesuítas o de los indios.

La salida era de inmediato, un día, —24 horas— en cada Reducción, sin embargo, los frailes rindieron sus llaves y sus personas sin ninguna resistencia; tampoco los indios resistieron, pues los sacerdotes, que ya sabían que venía Bucareli, se habían preparado para la expulsión y les habían pedido a los indios que aceptaran las órdenes, injustas quizás, pero legítimas.

jesuitas epilogo

Al saber que serian expulsados de las reducciones, los Jesuítas juntaron sus efectos personales, pero el oro que habían hecho recoger a los nativos lo ocultaron antes de irse, con la esperanza de que cuando volviesen, una vez arregladas las cosas, tener con que comenzar.

El oro entre los nativos no tenía ningún valor, pero los Jesuítas sabían del valor de este en Europa, y que se podría comprar con él. Este rumor llegó a los rasos oídos reales, el Rey de España, Carlos III, «…los Jesuítas querían fundar una república similar a la soñada por Tomas Moro.

Buscan el oro en Capiatá

Las excavaciones en la compañía Aldana Cañada de Capiatá se realizaron con maquinaria pesada para extraer los supuestos diez mil kilos de oro enterrado por los Jesuítas. Sin embargo, surgió una nueva hipótesis respecto al resultado de los estudios geológicos que se realizaron antes del inicio de la perforación, que señalan que podría tratarse una mina de oro. La excavación llego a 12 metros, según Juan Díaz, en medio de la tierra extraída han aparecido restos de maderas aserradas, pedazos de ladrillos y vidrios entre otros.

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La ex fiscala del Medio Ambiente, Bernarda Álvarez, y Gervasio Caballero, quien dice ser un buscador de «plata yvyguy», coincidieron en indicar que un campo magnético vinculado al acuífero Patino, que atraviesa por la zona de excavación, habría producido las ondas detectadas durante los estudios previos a la perforación en el lugar. Sin embargo, los buscadores de oro, dirigidos por Juan Díaz, señalan que el scanner satelital le indican un gran yacimiento de oro.

Lo más fácil sería decir que es «»plata yvyguy rekaha»» —oro bajo tierra— dejado por los Jesuítas en su huida. Sin embargo los mejor sería «…traer a técnicos mineros» a lo que los buscadores se oponen, puesto que el Estado no les reconocería como dueños de la mina, dicen en Minas y Energía de Paraguay.

Cabe acotar, que al igual que en Luque, —ver nota anterior— al ser hallado el oro, al existir un dueño o una entidad, en este caso los Jesuítas, el 50% es de ellos, el 30% para el dueño del terreno, y el 20% para el que saca. En este punto hay tranquilidad porque; «…sin pelear, alcanza para todos» tomando en cuenta que diez toneladas de oro equivalen a U$S 470 mil millones, al precio actual, dos veces la deuda externa de Paraguay.

Este sería el origen del porqué Juan Díaz, el responsable de la excavación, solo tiene permisos otorgados por las municipalidades de Capiatá y de J. Augusto Zaldívar. El enorme foso llegó a 20 metros de profundidad en cinco días. Las municipalidades al conceder el permiso ignoraron los estudios de impacto ambiental y la licencia de la Seam.

La excavación es con el propósito de extraer unos 10.000 kilos de oro, distribuidos en lingotes de entre 30 y 50 kilos que supuestamente están enterrados en el lugar, en el límite entre los dos distritos.

El poso fue cerrado no sin antes declarar los buscadores que vendrían técnicos franceses, españoles y lusitanos, como «cazadores de tesoros» con instrumentos de última generación para continuar la búsqueda.

foto afuera

Con razón el historiador Cunninghame Graham ha escrito: «Nada hubiera sido más fácil, dada la escasez de las tropas —refiriéndose a la expulsión de los Jesuítas— de Bucareli, que contravenir y resistir su pequeño ejército y establecer un estado independiente». Pero no fue la reacción de los Jesuítas; estos tuvieron que navegar, río abajo, hasta Buenos Aires, fueron encarcelados, e hicieron el triste viaje hasta Europa.

El profesor Richard Alan White, —de la Universidad de California— juzga que la expulsión de los Jesuítas solo puede entenderse «en el contexto del absolutismo de los gobiernos del siglo XVIII»; quienes buscaban expulsión, «divulgaron rumores falsos de minas de oro escondidas y de una conspiración jesuítica para crear un estado independiente suyo en las selvas de Sudamérica; eso fue solamente el pretexto de la expulsión». (The Americas, abril, 1945).

El inglés Sir Woodbine Parish, en su libro Buenos Aires y las Provincias del Río de la Plata, añade otro motivo de expulsión:»EI notable buen éxito de los Jesuítas lograron despertar las envidias y los celos, y dio lugar a mil cuentos absurdos acerca de sus miras políticas, que obtuvieron un crédito fácil en aquella crédula edad y aceleraron sin duda la caída; su verdadero crimen, si tal puede llamarse, consistía en el poder y fuerza moral que poseían».

Estas dos causas (el absolutismo de los gobiernos y la envidia) son, de hecho, en suma las dos preferidas por la mayoría de los investigadores aunque con diversas palabras. El absolutismo creciente del siglo XVIII como su sucesor en el siglo, XX, el totalitarismo, no aguantaba ninguna rivalidad: el estado debía ser todo poderoso y omnipotente.

Era y es totalmente celoso, no admitiendo ni pluralismo ni diversidades. Como los primeros ministros de las cortes borbónicas en España, Francia y Portugal, (Aranda, Choiseul y Pombal, con su aliado en Ñapóles, Tanucci) creyeron que la Compañía de Jesús representaba un poder independiente, se pusieron de acuerdo en que fuera eliminada totalmente.

Esto ha acontecido frecuentemente, en la historia de la Iglesia, a la Compañía de Jesús, y a otras Órdenes religiosas. Como ha observado el historiador Lord Acton, «El poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente» y también, el poder absoluto no tolera otros poderes. La ironía evidente fue que, al cabo de pocos años los mismos poderes absolutos fueron totalmente aplastados en Europa, e incluso en América.

En, «…ese carácter del suceder histórico, que siempre burla los planes humanos», y aunque los ejemplos que cita se encuentran en la gran historia, cabos sueltos es, en pequeña escala, una prueba de este pensamiento.

Con este «subproducto» de buscadores de oro, más ocurrencias ocasionales, breves comentarios de libros y pensamientos varios, que se acumularon con los años, se fueron llenando cuadernos del ideario urbano en un ejercicio subjetivo y muy privado.

EPILOGO; La vida de estos hombres, fue mucho más corta acerca de lo que se escribió, sobre la historia de los Jesuítas. Siempre hay un momento visionario en la vida de los hombres, ellos, los Jesuítas se predispusieron en recibir todas las noticias del nuevo mundo, todos pasaron, y los que vinieron provocaron nuevas noticias desde, «…las indias de la Nueva Extremadura», que los castellanos ayudaron a formar, ahora después de estos sucesos en Capiatá, no se dan por terminados los esfuerzos, ni de los que vendrán tras la «…búsqueda del dorado en las tierras del ensueño, en nuestra América, mezcla de estirpes”.
Viene entonces la alteración de todo plan. Por eso ahora, ¡¡Vamos por Luque!!

Agosto 2013.—

 

Lectura adicional

Los Comuneros

 

lec adicionalEste movimiento popular surgido desde el interior de la sociedad colonial Paraguaya contra sus autoridades, y que fue llevado a cabo en todo el territorio de Paraguay durante el siglo XVIII.

El movimiento en Paraguay tuvo su desarrollo máximo entre 1717 y 1735 e, ideológicamente, se basaba en la adopción de las teorías de teólogos españoles como Francisco de Vitoria, que mantenían la supremacía de la voluntad popular, del común, a través de los cabildos, frente a la voluntad del rey.

El apoyo del monarca a los privilegios de las misiones jesuíticas, en detrimento de los intereses de los miembros de la sociedad colonial de Paraguay, dio origen a varios levantamientos armados de estos grupos que se sentían marginados, y que acabaron con su derrota y la condena a muerte de sus cabecillas, entre los que destacaron de forma especial José de Antequera y Castro y Fernando de Mompox.

La causa de las insurrecciones estuvo en el descontento de la población por la imposición de fuertes impuestos, especialmente el denominado «gracioso donativo».
Aunque el detonante principal de la revuelta estuviera en el rechazo de los nuevos impuestos, las pretensiones de este levantamiento popular no se referían sólo a la modificación de unas imposiciones concretas.

En realidad, se buscaba una reforma mucho más amplia de la administración colonial que potenciara el poder comunal de los cabildos, que habían ido perdiendo independencia; sin embargo, estas aspiraciones no llegaron a concretarse en ningún momento al ser encabezados estos movimientos en muchos casos por miembros de las elites económicas, que se mostraban contrarias a los cambios profundos y sólo deseaban proteger unos privilegios específicos.

Cuatro capitanes del común, elegidos entre los comerciantes de la ciudad, se colocaron a la cabeza de los comuneros de Socorro y con sus fuertes enfrentamientos consiguieron que el virrey aceptara sus condiciones.

Tras ser aprobadas y promulgadas las propuestas de los sublevados, y conseguida la disolución de los ejércitos comuneros, aquéllas fueron anuladas y los capitanes perseguidos, siendo condenado a muerte.

¿Cómo comenzaron las reducciones?

Los primeros misioneros en América no fueron Jesuítas, sino franciscanos, dominicos, mercedarios y sacerdotes seculares. En realidad en el momento de la conquista, no existían Jesuítas todavía en el mundo.

La Compañía de Jesús empezó en 1534, cuando el primer grupo de «Jesuítas», universitarios en París y amigos del vasco Ignacio de Loyola, pronunciaron votos en un santuario mariano, la fiesta de la Asunción, en Montmartre, entonces suburbio de París.

Incluyendo a Ignacio de Loyola, fueron siete: el futuro apóstol de Asia, el navarro Francisco Javier, el saboyano Beato Pedro Fabro; los castellanos Diego Laínez, y Nicolás Bobadilla; el toledano Alfonso Salmerón; y el portugués, Simón Rodrigues. Un poco más tarde se unieron al grupo Claudio Jayo, saboyano, y dos franceses, Pascado Broét y Juan Coduri.

En 1540, el Papa Paulo III dio su aprobación oficial a este grupito internacional, que se ofreció al servicio de la Iglesia para cualquier trabajo o misión que el Papa escogiera.

Desde el principio, la Compañía de Jesús fue una orden misionera. Antes de morir, (el 31 de julio de 1556), Ignacio de Loyola había enviado misioneros a la India, al Japón, al Congo y al Brasil. Los Padres Manuel de Nóbrega (fundador de Salvador, Bahía) y José de Anchieta (fundador de San Pablo) y sus compañeros en Brasil trabajaron, desde luego, con los portugueses, pero también con los indios tupís (parientes de los Guaraníes); de hecho, el Beato José de Anchieta estudió el idioma Tupí y compuso la primera gramática de este idioma, junto con un catecismo, poesías e himnos para la evangelización.

Este impulso misionero e internacional, y este interés por los indios y sentido de adaptación a su idioma, fueron típicos de los Jesuítas en todo el mundo, quizás más aún en las Reducciones paraguayas, dos generaciones más tarde.

En 1567 Jesuítas españoles fueron destinados a Perú, donde trabajaron con los indios y dominaron sus idiomas. Uno de estos misioneros fue el P. Diego de Torres, que sería en 1607, designado el primer «provincial» (superior regional) de la nueva provincia jesuítica del Paraguay, aproximadamente lo que hoy llamamos «el Cono Sur».

Antes de 1607, sin embargo, ya habían estado en esta región algunos Jesuítas misioneros. En 1587 llegaron a Asunción los PP. Manuel Ortega (portugués), Tomás Fields (irlandés) y Juan Saloni (catalán), los cuales ya sabían el idioma Tupí, parecido al Guaraní. Los tres trabajaron con los indios. En 1593 llegaron dos PP. españoles, Juan Romero y Marcial Lorenzana. Sin embargo, después de estos esfuerzos misioneros, y por falta de número, el Provincial jesuita de Perú, el P. Esteban Páez, decidió abandonar las misiones experimentales del Paraguay.

Afortunadamente el obispo franciscano de Asunción pidió ayuda al superior general de los Jesuítas en Roma, el P. Claudio Acquaviva. Fue él quien nombró al P. Diego de Torres, superior provincial de las nuevas provincias Jesuítas del Paraguay. Por casualidad el obispo franciscano, que escribió a Roma fue Martín Ignacio de Loyola, sobrino—nieto de San Ignacio de Loyola, por ello, el historiador Phillip Caraman opina que este franciscano puede ser llamado «como cualquier otro, fundador de la República jesuítica de las Reducciones del Paraguay».

Al este de Asunción, al otro lado del río Tebicuary, el P. Marcial de Lorenzana, con la colaboración del cacique guaraní Arapizandú, fundó la primera Reducción, San Ignacio Guazú (finales del año 1609). Este pueblo tuvo que trasladarse a otro sitio en 1628, y en 1667 se ubicó donde está ahora. Mientras tanto, en el norte, en las orillas del río Paranapanema, algunos kilómetros antes de su confluencia con el Paraná, los PP. José Cataldino y Simón Maceta, italianos, fundaron la Reducción de Loreto en 1610.

Los habitantes de las reducciones se encontraban extendidos, en todo lo que hoy es el Departamento Central, bien podrían haber enterrado el oro en la Ciudad de Capiatá.

Esta misión, — Reducción de Loreto— fue demolida por los bandeirantes («los paulistas») en búsqueda de esclavos, pero su gente se trasladó (como veremos) río abajo al lugar que actualmente está en Argentina entre San Ignacio Miní y Posadas.

Como se ve en estos ejemplos, las Reducciones tuvieron que cambiar de lugar varias veces, y por eso los mapas a veces confunden un poco. El mapa que ofrecemos en este artículo indica la ubicación final en el último período de las reducciones, es deciden los años que anteceden a 1767 (año del decreto de expulsión de los Jesuítas). Durante aquellos años hubo 30 reducciones, por lo que se suele hablar de los «Treinta pueblos» o «Reducciones».

(*) Extracto de; «Revolución Comunera del Paraguay» de Viriato Díaz Pérez Ed. 1930.

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