Tenemos una Democracia sin República

[pullquote align=»left|center|right» textalign=»left|center|right» width=»30%»]Democracia sin República[/pullquote]
Nuestra democracia es cada vez más de “unos pocos” y no de “muchos”. No hay argumento para que con un par de reuniones en La Peatonal se resolviera el tema. ¡¡NO!! Yo tengo la oportunidad de «ponerte el pie encima», “patotearte”, porque somos poder y estamos organizados. “Yo soy progresista desengañado, y usted, tradicionalista arrepentido. Tenemos algo en común: el creer que todo esto es una comedia y que sólo se trata de saber a quién le toca mamar y a quién no”. Benito Pérez Galdós. “Fortunata y Jacinta”, 1887 (a remedial thing, una cosa terapéutica).

foto afueraCon horror y autocrítica, observamos las protestas ciudadanas, los maestros, los crucuficados de la Linea 30, en una ciudad que valora la democracia. En Luque, donde el ciudadano se niega a satanizar el sindicalismo, en una democracia donde ocupamos los peores lugares en el continente, ¿Porqué?, porque ¡¡No tenemos República!!. No se impaciente, pasaremos a explicarle.

LA HISTORIA

Platón redujo toda esta diversidad del sistema imaginando una evolución en que cuatro regímenes históricos fundamentales (timarquía, oligarquía, democracia y tiranía) van apareciendo uno tras otro, cada cual como degeneración del precedente.

LA TIMARQUIA la misma nace de la corrupción de la aristocracia griega, que es el mejor sistema de gobierno, el aprobado por Platón y el representante de la sanidad primitiva, (una especie de Constitución Timarquica). Salvo de éste, de todos tiene experiencia: la timarquía es el régimen generalmente muy celebrado, de Creta y Lacedemonia.

LA OLIGARQUIA; acaso no represente sino la situación contemporánea, ya en degeneración, de esa misma Constitución Timárquica. Los otros dos regímenes le eran aún mejor conocidos: la democracia, por Atenas, su patria; la tiranía, por su residencia en Siracusa, la corte de los Dionisios.

Dado que, a su vez, lideraba una confederación formada por ciudades del Peloponeso en el 550 a. EC, Esparta disponía de los medios para enfrentarse a Atenas. Sin embargo, la guerra se retrasó como consecuencia de la firma de una tregua de treinta años firmada en el 446 a. EC Las hostilidades se desataron en el 431 a. EC, y el pretexto fue el apoyo prestado por Atenas a Corcyra (hoy Corfú) durante la disputa que esta mantenía con Corinto, aliada de Esparta.

La que fue conocida como guerra del Peloponeso que enfrentó a ambas confederaciones hasta el 404 a. EC. y finalizó con la capitulación de Atenas y la rendición de su flota, lo que otorgó la supremacía a Esparta.

La “Guerra del Peloponeso”, dio paso a los famosos 30 tiranos, que una vez perdida la guerra por Atenas y la rendición de su flota, otorgó la supremacía a Esparta. Esparta favoreció al partido aristocrático ateniense, los perdedores fueron llamados plebeyos, Los 30 tiranos que nos habla Platón, establecieron que solo una parte del la población merecía tener derecho a los bienes, dejando al resto dependiendo de la indigna oligarquía. Más tarde Lisandro, retomaría la República, donde todos los griegos serían iguales.

LA TIRANIA, que fuera nuestra reciente forma de vivir, en décadas pasadas, en nuestra América Latina, con más de 30 tiranos, cuando todos los sectores políticos deslegitimaron el valor de la democracia, incluyendo a los militares y a la superpotencia en tiempos de Guerra Fría.

A más de medio siglo es insólito que nuestra democracia no goce de prestigio y lentamente, por acción u omisión, estemos socavando su legitimidad. Hay que ver las causas que llevan a segmentos ciudadanos a estar contra todo el sistema.

Tenemos democracia y no tenemos República, ¿cómo se entiende entonces que un grupo de vecinos cebados en la tiranía, de buenas a primeras hayan decidido cerrar la Peatonal y auto adjudicársela?.

Si la democracia se entiende como forma del Estado en que el demo o pueblo es dueño de sí mismo, su concepción resulta irrealizable, absurda y ridícula; porque el que es dueño de sí mismo es también esclavo de sí mismo y con ello se hacen coincidir en un mismo ser dos posiciones distintas, opuestas e irreductibles, esta fue la distinción hecha por Rousseau entre la «voluntad general» y la «voluntad de todos» es algo que estaba en pugna con la mente de Platón, y por eso para él el argumento tiene entera fuerza.

Ni en la ciudad ni en el individuo ve voluntad general alguna, sino una diversidad de partes con impulsos y tendencias de muy diferente valor. Lo que caracteriza al régimen político, como al régimen del individuo, es la preponderancia de una parte determinada con su tendencia propia.

La democracia no es, ni puede ser por tanto. El régimen en que el poder es ejercido por el pueblo ni por su mayoría, sino el predominio alterno, irregular y caprichoso de las distintas clases y tendencias: más que régimen, es una almáciga de regímenes en que todos brotan, crecen y se contrastan hasta que se impone alguno de ellos y la democracia desaparece.

Cuando sucede algo así en una ciudad, es la señal de que estamos ante una ciudad enferma, (*) necesitamos un viraje y un nuevo compromiso para aceptar la «aludida» igualdad de oportunidades, y sobre todo, profundizar el sistema democrático.

1 lectura adicional

Releyendo a Tucídides en la “Guerra del Peloponeso” con su “Discurso de Pericles”, éste defiende a los griegos contra los bárbaros, rescatando los dos rasgos que en el Paraguay de hoy no se viven con certeza: “aumentamos las industrias y las artes” en “nuestro gobierno se llama Democracia, porque la administración de la República no pertenece ni está en pocos sino en muchos”, ¿Es falso o verdadero?.

¡¡Falso!! Nuestra democracia es cada vez más de “unos pocos” y no de “muchos”. ¿No bastó con un par de reuniones en “La Peatonal”, para resolver el tema?, ¡¡NO!!, —nos dijeron— “ Yo tengo la oportunidad de «ponerte el pie encima», patotearte, porque somos poder y estamos organizados”, —se escuchaba—. A una docena de ciudadanos les importó poco o nada la opinión de 250 mil ciudadanos que vivimos en Luque, elegimos nuestras autoridades, en una República que debería ser de todos.

¿Somos democracia? pues bien, si somos, ¿Porque, los que están bien o son amigos del poder, tienen derecho a tener una licencia de radiodifusión de CONATEL, cerrándoseles la banda al resto de los ciudadanos?, —lo mismo pasa con la Tv— ¿Porque, los maestros, recientemente en huelga, a pesar de habérseles dado la razón en su petición, pierden la huelga y se les humilla?, recientemente, desde Caacupé, se nos decía en el sermón; “…porqué se les humilla a simples maestras rurales, olvidamos pronto que; ¡¡Fueron ellas las que nos enseñaron a escribir nuestro nombre!!. Tambien se dijo a los docentes mexicanos.

¿Porque, los sindicalistas de la Educación, a pesar de alegar lo justo, perdieron la huelga, de 45 días, y sus reclamos no fueron atendidos, sus peticiones son que no se le extienda la jubilacion a los 60 años? esto por la nueva ley de «responsabilidad fiscal», entonces para no aplicar un impuesto al trabajo, como en Europa, les cambian las reglas del juego. Se desconoce el valor del sindicalismo, factores que son similares a los que se tratan de imponer en la Linea 30 de omnibus, llegando nueve de ellos a crucificarse, entre ellos una mujer, es simplemente porque; «Somos una democracia, pero no tenemos República».

De ahí la indiferencia moral de ésta, y la riqueza que ofrece su experiencia: allí hay gérmenes del régimen mejor o filosófico y del peor o tiránico; y con ellos, de los otros regímenes intermedios. La condición que hace posible todo esto, la que deja abierta en todas direcciones a la sociedad y el régimen democrático, es la libertad, y de libertad aparece henchida la democracia; pero un régimen así, radicalmente falso y con iguales facilidades y propensiones para el bien y para el mal, no puede ser un régimen aceptable.

Delegamos el poder a otros «Presidentes” y seguimos con los modelos que nos ofrecen, sectores derechistas que son similares a la naciente Grecia y Roma; en donde el número de clientes era muy importante, y los lazos de dependencia se aflojaban al cabo de algunas generaciones. Pasado el tiempo los “íncolae” (clientes y “hóspitia“) constituyen una clase social, la plebe, y sus integrantes son los llamados plebeyos.

El tiempo consolidó pues dos clases sociales: los patricios, (conservadores, por ponerle un parecido) y los plebeyos, (progresistas, por ponerle un nombre) que marcaran la historia de la Roma republicana.

Las nuevas generaciones presentes y las futuras, ya no aceptarán regímenes que los socaven en su dignidad, pero les angustia la falta de oportunidades, como centro de la acción política y estado de ánimo nacional; los mayores nos estamos conformando con subsidios y ayudas, pero sin ganas de transformar. Desafíos del empresario, el Estado moderno, los centros educacionales que pueden enfatizar más la creatividad y el emprendimiento, pero sin la mano del Estado, nos quedamos sin República.

La democracia en las ciudades griegas y romanas sucumbió y ganó la barbarie. El año 2012, marcó en Paraguay la tragedia de la polarización y la negación del otro. Si no actuamos con un espíritu desarrollista y reformista, las voces descreídas con la democracia crecerán y no es justo hacinar aún más nuestras cárceles, esta vez, de jóvenes con bronca que no ven la “fecundidad de la democracia” en la República.
(* Platón La República de Platón).

Septiembre 2013.—

Lectura Adicional

La Liga Delos versus los Treinta Tiranos

foto adentroLa política hegemónica de Atenas devino finalmente en su propio perjuicio. Como ya se ha referido, la Liga de Delos, fundacionalmente una confederación de aliados, terminó por forjar un imperio ateniense no igualitario en el que las ciudades que decidían separarse o rebelarse contra él eran duramente castigadas; así les sucedió a Naxos (470 a. EC), Thásos (465 a. EC), Beocia (447 a. EC), Megara (446 a. EC), Eubea (445 a. EC) y Samos (439 a. EC). Esparta, celosa de la prosperidad de Atenas y deseosa de recobrar su prestigio, supo sacar provecho de la situación.

Dado que, a su vez, lideraba una confederación formada por ciudades del Peloponeso en el 550 a. EC, Esparta disponía de los medios para enfrentarse a Atenas. Sin embargo, la guerra se retrasó como consecuencia de la firma de una tregua de treinta años firmada en el 446 a. EC Las hostilidades se desataron en el 431 a. EC, y el pretexto fue el apoyo prestado por Atenas a Corcyra (hoy Corfú) durante la disputa que esta mantenía con Corinto, aliada de Esparta. La que fue conocida como guerra del Peloponeso enfrentó a ambas confederaciones hasta el 404 a. EC y finalizó con la capitulación de Atenas y la rendición de su flota, lo que otorgó la supremacía a Esparta.

Finalizada la guerra, Esparta favoreció al partido aristocrático ateniense, lo que se tradujo en la instauración del denominado gobierno de los Treinta Tiranos, en Atenas, y de otros similares en diversas ciudades griegas. El dominio espartano sobre el mundo helénico se reveló pronto más severo y opresivo que lo fuera el ateniense. En el 403 a. EC, Atenas, liderada por Trasíbulo, expulsó de la ciudad a la guarnición espartana que sostenía a la oligarquía, y la democracia y la independencia fueron restauradas. Esparta se vio igualmente desafiada por otras ciudades griegas que se rebelaron regularmente contra su hegemonía.

Su Historia de la guerra del Peloponeso consta de ocho libros y cubre tres fases de la guerra: el conflicto entre Atenas y Esparta, desde el 431 hasta el 421 a. EC, que terminó con la tregua conocida como paz de Nicias; la expedición a Sicilia de los atenienses desde el 415 hasta su fracaso en el 413 a. EC y la reanudación de la guerra entre Atenas y Esparta desde el 413 hasta el 404 a. EC La historia se interrumpe en el 411 a. EC, aunque tenía intención de continuar hasta el final de la guerra.

Tucídides mostró en su empresa un conocimiento práctico, tanto de la ciencia política como de la militar. Se interesó principalmente por el aspecto militar de la contienda, que presentó en un estilo conciso y lúcido, evitando las continuas digresiones propias de Heródoto.

(Condensado del libro; Historia Antigua, Tucídides, de B. Sarthou).

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